El día que el mundo se detuvo

 Hay cosas de la infancia que se te quedan grabadas. El sabor de tu dulce favorito, el peluche de apego que no soltabas por nada. Y luego, hay otras que son como un espacio en blanco, algo que sabes que debería estar, pero no está. Para mí, ese espacio es el de mi madre, una ausencia que llegó cuando yo era solo una niña.

Yo era muy pequeña cuando mi mamá nos dejó. Mis recuerdos de ella son como fotos viejas, algo borrosas, pero con una calidez que todavía siento: el sonido de su voz, cómo me acariciaba el pelo cuando me abrazaba, el olor de su perfume. En las fotos familiares, ella aparece sonriendo en algunas, y luego, de golpe, ya no hay más fotos con ella. 


Sí, aún de niña, yo entendía lo que era morir. Sabía que significaba que alguien ya no regresaba. Pero, de un día para otro, la persona que siempre estaba presente ya no estaba. Mi cerebro de niña lo comprendía, pero mi corazón no quería asimilar lo que le había pasado a ella. La casa, que antes era bulliciosa, se quedó más callada, como si le faltara algo. Los demás hablaban en voz baja, y los adultos alrededor mío tenían una tristeza en los ojos que me intentaban ocultar.


Crecer sin ella a mi lado fue un poco como ir caminando en la oscuridad. Había momentos en los que me preguntaba: "¿Por qué no está ella en mi cumpleaños? ¿Por qué todas mis amigas tienen a sus mamás y yo no?". Era una mezcla rara de extrañar pero también un sentimiento de rabia, no entendía porque eso me había pasado a mi. Sentía que me faltaba una pieza clave en mi vida.


Pero, a pesar de todo, su presencia parecía colarse por todos lados. La escuchaba en las historias que me contaba mi papá, que me hablaba de lo cariñosa y fuerte que era. La veía en los relatos de mi abuelos. Y la sentía en cómo mi familia se unió para cuidarme a mí y a mi hermana, tratando de llenar ese hueco como pudiesen.


A medida que fui creciendo, el dolor cambió. Ya no era esa confusión, sino que entendía mejor que la vida es frágil y que se puede esfumar en un momento. Aprendí que, aunque su partida fue un golpe duro a mi vida, también me hizo quien soy. Me volvió más fuerte, más empática, y me enseñó a valorar a cada persona que tengo cerca, cada momento.


Hoy, cuando miro sus fotos, ese espacio vacío sigue ahí, pero ya no me destruye como antes. Y en esos recuerdos que tengo, sé que su amor, aunque lejos, sigue siendo una parte fundamental de mí. Mi mamá se fue muy pronto, sí, pero desde la distancia, sigue alumbrando mi camino.




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